Si alguien ha leído La paradoja de James Hunter recordará que la historia transcurre en un monasterio al que los protagonistas han acudido para un programa de formación que imparte uno de los monjes que allí residen y que en su día fue un afamado consultor y conferenciante. Si alguien no la ha leído, cuando acabe este artículo que acuda a la librería más cercana y se lo compre, es uno de mis libros de cabecera y realmente merece la pena. La historia de hoy está ambientada en un ambiente similar.

Marta es una mujer joven, ejecutiva de una consultora de esas que denominan las “Big Four” y que todavía está en la treintena, aunque ya cercana a abandonarla. Como es habitual, tras un expediente académico muy brillante “opositó” a varias de esas “supermegafasion” compañías que te ponen el mundo a tus pies.

Tras superar un proceso de selección realmente duro y arduo, por fin fue admitida –una pena estar escribiendo y no disponer de la riqueza del tono y los gestos para indicar a través de ello que la palabra “admitida” ha sido elegida con ironía y sarcasmo en vez de la políticamente correcta que hubiera sido “seleccionada”-. Ese hecho fue acogido con jolgorio y algarabía por todo su entorno, desde el que recibía constantes felicitaciones, no sin cierta envidia por sus compañeros de estudios y miembros de su cuadrilla.

Llegó el gran momento de coger el avión rumbo a Estados Unidos donde tendría lugar la formación inicial. Allí descubrió, aparte de unos compañeros fantásticos, como ella, que eran “los elegidos” y que esta empresa era la mejor del mundo y que todos los procesos que en ella se realizaban eran fruto de concienzudos estudios y análisis por parte de las mentes más brillantes del planeta, que formaban parte de esta compañía. Eran “los elegidos” en todos los aspectos, desde el inicial ya que habían sido uno de los 87 llamados para la entrevista dentro de las casi 1.000 solicitudes por puesto que habían recibido y además habían ido dejando a los demás detrás y habían convencido a los socios locales para que les permitieran formar parte de su proyecto. Descubrió otras muchas cosas, tales como que tras ese proceso de educación (en todos los aspectos, tanto adquisición de conocimientos, como de valores y formas de actuar) se convertiría en Junior I y que si formaba parte del selecto grupo que mejor lo hacía en un año podría llegar a alcanzar ser Junior II

Así sucedió, Marta se mentalizó que debía trabajar muy duro durante 52 semanas para conseguir ese sueño y lo hizo. En ese momento descubrió que tras ese primer escalón podría llegar a ser Senior I si de nuevo volvía a ser parte de la élite y decidió seguir trabajando seriamente para descubrir que el mundo no acababa ahí y que existía la posición de Senior II. No lo voy a dejar ahora se dijo a sí misma y continúo con su esfuerzo y “obediencia debida”. Entonces sucedió algo extraordinario, descubrió un nuevo mundo que ni podía soñar, descubrió el mundo de los manager: junior manager, senior manager, territory manager, country manager, regional manager, world manager … así hasta Galaxy manager.

Como suele ser habitual, Marta trabajó no muy duro, más que muy duro y fue ascendiendo niveles en la organización. Su vida parecía un calco de la compañera de trabajo de George Clooney in “Up in the air”, pero no importaba, ella estaba en su mundo de managers. Al igual que en la película antes referida, un día su vida se rompió y descubrió que había estado viviendo la vida de otra, se encontró sola, sin pareja –la había tenido, pero a pesar de pertenecer a su mundo tampoco pudo aguantar su ritmo-, sin amigos, sin cuadrilla, sin familia … sin vida personal ni profesional que mereciera la pena y eso requería un cambio importante en su vida, replantearse todo lo que le sucedía.

En algún lugar leyó que el mejor modo de reencontrarse con uno mismo era desconectar del mundo exterior y recluirse en un monasterio, no de forma permanente, si no de modo temporal mientras reubicas tu situación. Así lo hizo, buscó acomodo en uno de ellos –ahora rehabilitados como hoteles- y decidió estar una temporada. Allí conoció a María, que era una monja un tanto especial, muy culta, muy formada –como muchas de las que allí vivían-, pero a diferencia del resto tenía un gran conocimiento del mundo exterior y de lo que en él sucedía. En los primeros días tenía largas conversaciones con ella y cada día le sorprendía más

“¿Cuánto tiempo llevas aquí, María?”

“Toda la vida”, respondió ella con cariño. “Vine siendo adolescente y este es mi sitio”, explicó

“Me sorprende. Conoces  muy bien el mundo exterior y lo que sucede y lo cierto es que entiendes mi situación perfectamente, ¿cómo es posible hacerlo sin salir de aquí?”

“Mira Marta, tu caso es mucho más común de lo que piensas. A lo largo del año recibimos varias personas en situaciones similares a las que tú estás viviendo y a pesar de no haberlo vivido lo oigo con frecuencia”

“¿De verdad? ¿Y que les recomiendas?”

“Nada, no puedo recomendar nada. Es una decisión personal. Mi único consejo es que recapaciten sobre lo que han hecho hasta ahora, pero principalmente por lo que buscan en esta vida. Muchas veces vivimos una vida prestada, nos metemos en la vorágine diaria y esta nos arrastra sin que nosotros elijamos”

“Creo que entiendo perfectamente lo que quieres decir… como si lo hubiera vivido…” dijo Marta con voz irónica, no exenta de un sentido lamento

“En mi trabajo cuidando enfermos es muy normal ver la muerte de cerca y habitualmente las personas se enfrentan a ella desde dos perspectivas contrapuestas. Por un lado están los que se quejan de haber echado a perder su vida, los que se dan cuenta de que o bien no tienen a quien les llore o que quien lo va a hacer es casi un desconocido por mucha sangre o compromiso que compartan. Su reacción suele ser de desasosiego e incluso de angustia e histeria: por otro están los que aceptan el hecho con serenidad y tranquilidad. Cuando les preguntas por su historia cuentan que han cometido muchas equivocaciones y que si pudieran volver atrás algo cambiarían, pero que en esencia están contentos con lo que han realizado, han vivido de acuerdo a sus valores y en lo esencial no modificarían nada…”

 “Me gustaría haber pertenecido a ese grupo, pero ya es tarde”, interrumpió Marta

“No, en absoluto es tarde. Has podido cometer errores, pero está a tiempo de enmendarlos, te quedan muchos años de vida por delante. Estar aquí significa que ya has dado el primer paso. Continúa tu marcha, no te pares, no te rindas, no te detengas, sigue…” iba diciendo en tono cada más con más energía María. “Lo primero que debes hacer” continuó diciendo en un tono ya más pausado y sereno “es determinar qué es lo importante para ti. Ya me has dicho que quisieras llegar a tus últimos días con la tranquilidad de haber hecho lo correcto. A ti te corresponde determinar que es para ti lo correcto. Vas a estar aquí todavía unos días supongo, piensa en ello detenidamente, coge papel y bolígrafo y escribe como te gustaría que fuera tu última semana de vida, de quien te gustaría estar rodeada, que tendrías que haber hecho para sentir paz en ese momento, que te gustaría que dijeran las personas que te importan el día de tu funeral. Escribe y tacha cuantas veces necesites y no te vayas de aquí hasta que no tengas perfectamente claro que esa hoja ya no necesita modificarse más, al menos por ahora”

Marta solo acertó a decir un lacónico “Gracias”, pero el sentimiento que puso en esa única palabra transmitía un enorme agradecimiento a lo que acababa de oír. Para cuando quiso reaccionar María ya no estaba allí, habían sonado unas campanas que no sabía que significaba, pero que habían hecho que su acompañante desapareciera de manera rápida. Suponía que algo relativo a la vida del convento que desconocía y que tenía que aprender.

Pasaron los días y mantuvo más conversaciones con su nueva amiga y en cada momento se sentía más reconfortada y con energía renovada. El primer día que estuvo allí había plantado una flor por indicación de María y lo cierto es que ya no se acordaba de aquello cuando ella se lo recordó diciendo, “¿Quieres que veamos cómo está la flor que plantaste?”

Se dirigieron hacia allá y cuando llegaron Marta observó con horror que la flor había muerto. No la había regado en todo ese tiempo y al parecer nadie lo había hecho por ella. Se sintió muy decepcionada y hasta dolida, lo que se notaba en su tono de voz y lenguaje corporal.

“¿Te molesta que te haya hecho venir hasta aquí para que vieras como ha muerto la flor que plantaste?” le preguntó María.

“Lo cierto es que sí. No sé porque me has hecho esto” contestó Marta

“Lo he hecho porque quería que aprendieras en propia carne el hecho de que planta que no riegas, se muere. Con ello quiero decir que todo lo que te importa en esta vida requiere de tu atención y cuidado y me gustaría que nunca lo olvides”

Esta es una lección muy importante que no debemos olvidar. “Planta que no reguemos, se muere”.

Muchas veces nos dejamos llevar por la sinrazón del corto plazo y olvidamos lo realmente importante, el objetivo de nuestra vida o de nuestra empresa o de nuestra carrera profesional y así

no regamos la planta de nuestra formación porque es imposible ajustarlo en nuestro horario;

no regamos la planta de nuestra vida personal porque tenemos que atender a nuestra vida profesional;

no regamos a nuestra pareja e hijos porque ya habrá tiempo para ello, ahora hay otras urgencias;

no regamos la planta de la esencia de nuestro trabajo porque tenemos que dedicar el tiempo a apagar fuegos que nosotros, cual pirómanos, provocamos;

no regamos la planta de añadir valor a nuestro cometido porque dedicamos nuestro tiempo a tareas que podrían hacer otros;

no diseñamos planes de mejora porque esto hay que hacerlo hoy;

no regamos la planta de las relaciones con nuestros colaboradores porque tenemos que comer con un proveedor o cliente –que dicho sea de paso aporta a nuestro negocio mucho menos que cualquiera de nuestros colaboradores-;

no regamos la planta de relacionarnos con otros empresarios o profesionales porque hoy es imprescindible que haga no sé qué tontería;

no nos regamos a nosotros mismos ni sabemos el porqué, porque al acabar la jornada decimos “estoy reventado y no he conseguido nada”.

Párate, decide cuales son las plantas que quieres regar y no dejes que se mueran, es más fácil atenderlas que resucitarlas.

Y tú, sinceramente, ¿qué “planta” debieras regar más? ¿Qué vas a hacer hoy  para ello?

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